Turismo en Italia: una ruta por la mitad norte

Este viaje por el norte de Italia está optimizado en tiempo y dinero: dos semanas, día arriba, día abajo, y unos mil euros por persona (todo incluido) para dejarse caer por el lago de Como, Verona, Venecia, Florencia, Siena, la Toscana rural, Pisa y Roma.

Habrá quien eche de menos Milán o Padua, entre otras ciudades que quedan a la vera del camino: esta es una ruta personal e imperfecta, modificable al gusto, pensada para ver crecer la hierba en algunos sitios y para dar sólo un paseo en otros.

Este post no es una guía del viajero con consejos, trucos e información de utilidad (aunque algo de eso hay también) con alojamientos y sitios para comer; es solo una ventana abierta al norte de Italia, para que se vea lo que hay por allí y para que inspire o abra el apetito de un potencial turista.

No hay tampoco un inventario detallado de sitios que visitar en cada destino, ni información sesuda sobre la historia de las ciudades y sus monumentos: esto es solo un garbeo en fotos acompañado de unas pocas reflexiones breves. En este catálogo de lugares e imágenes hay omisiones imperdonables y presencias innecesarias, a veces redundantes, incluso. Dicho queda.

 

El recorrido por el norte de Italia

El viaje comienza en Bérgamo, donde espera un coche de alquiler que será devuelto en Pisa, y termina en Roma. Estas son las etapas del giro:

Madrid-Bérgamo [avión] | [coche] Etapa 1: Bérgamo-Como (90 km) | Etapa 2: Como-Bellagio-Verona (203 km) | Etapa 3: Verona-Venecia (115 km) | Etapa 4: Florencia-Chianti-Siena (86 km) | Etapa 5: Siena-Vall d’Orcia-Siena (143 km) | Etapa 6: Siena-Pisa (139 km) | [tren] Etapa 7:  Pisa-Roma (más de 300 km) | Roma-Madrid [avión]

Así se ve la ruta en el mapa. En el menú de la parte superior izquierda encontrarás el itinerario de cada etapa al detalle.

 

Que los gustos personales de cada uno y el sentido común decidan las noches a pasar en cada destino. Verona y Pisa, por ejemplo, son un paseo, mientras que Florencia o Roma casi exigen empadronarse para poder abarcarlas.

Este viaje, por cierto, está hecho en agosto, sin frío alguno 😉

 

Algunos consejos generales

  • En Italia se conduce tal mal como dice el imaginario colectivo: contrata el seguro a todo riesgo del coche alquilado, tu tranquilidad no tiene precio.
  • No solo en hoteles duerme el hombre. Si haces malabares con los alojamientos, vas a ahorrar un montón de dinero. Airbnb te lo pone ahora muy fácil para alojarte en domicilios particulares, y además tienes cámpings, Bed&Breakfast, pensiones, albergues… y hoteles, por supuesto. ¿Cuánto tiempo crees que vas a pasar en la habitación, con la cantidad de cosas que hay que ver?
  • Si te gustan la pasta y la pizza (¿hay alguien a quien no le guste?) tienes resuelto el tema de las comidas: los precios son muy razonables (con jarra de agua y sin postre, ojo) y la calidad… Algunas veces me daban ganas de levantarme a aplaudir, hacer la ola, besar a los cocineros. ¿Por una pizza? Sí. Y por unos espaguetis.

 

Bérgamo

Es temprano. Aterrizaje en Bérgamo, cerca de Milán. En el aeropuerto espera el Fiat Panda reservado desde España. No, no quiero un coche más grande por el mismo precio, quiero el Fiat Panda, grazie. Que no, que no, que no, grazie, prego, coño.

El Fiat Panda sale por fin hacia la ciudad; hay que desayunar para tapar el agujero de un madrugón infame. Bérgamo era solo para el café y la tostada y para estirar un poco las piernas, pero el paseo atrapa y se merece unas fotos.

La cosa promete ya desde la etapa prólogo. Ahora sí, comienza el giro.

 

 

Lago de Como Italia

El viaje se presenta sobre el papel como un atracón de piedras, mármoles y adoquines, así que había que desengrasar con verde y azul por algún sitio: aprovechando que no queda lejos de Bérgamo (unos 70 kilómetros), encargamos una pata del lago de Como para abrir boca.

Lago de ComoEl lago de Como, al pie de los Alpes, tiene forma de ‘y’ invertida. Recorrer su pata izquierda por dentro hasta la intersección con la pata derecha (Como-Belaggio) son 30 kilómetros. En Belaggio, un ferry cruza al borde exterior de la pata derecha, en Varenna. Desde ahí, en poco más de 20 kilómetros hacia el sur, siguiendo la linde del agua, nos despedimos del azul en Lecco y seguimos lanzados hacia Verona.

Como siempre que se juntan verde, agua y terreno abrupto, el lago de Como es un disfrute para la vista, pero no arrebata ni deja sin respiración. Es un paisaje (muy) agradable, sin más, por donde se dejan caer muchos europeos con alto poder adquisitivo, buscando el sol que no tienen al otro lado de los Alpes. Los pueblitos del lago son puros asentamientos turísticos, algunos más bucólicos, otros más de pasta, no de la de comer, precisamente.

La carretera es estrecha, muy estrecha, la integridad del faro izquierdo del coche siempre en el pensamiento.

 

Esta jornada de carretera y horizontes amplios hubiera resultado ideal con el viaje más avanzado, para coger aire entre Venecia y Florencia, por ejemplo, pero el Génesis o el Big Bang, que aquí cabemos todos, pusieron el lago de Como al lado de Bérgamo, y no donde le viene bien al turista.

 

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Verona

Verona tiene aire de ciudad bien, recogida y cómoda para vivir, con más lustre que desconchones en las fachadas. Aquí las herencias del pasado se lucen con clase.

 

La casa de Julieta

Los principales focos de atracción turística de Verona son su anfiteatro y la supuesta casa de Julieta, la de Romeo. El patio de la casa de Julieta es lo más parecido a la plaza del Ayuntamiento de Pamplona un 6 de julio, con un enjambre de tonturistas zumbando alrededor de la estatua de la moza para hacerse una foto tocándole la teta de bronce. Ya que estás por allí, pasas, entrar y salir, por decir que has estado en la casa de Julieta y en el chupinazo de Pamplona.

 

Ópera en la Arena de Verona

El anfiteatro de Verona es el segundo más grande de Italia, tras el de Roma, con capacidad para 30.000 personas. Dos mil años después sigue acogiendo espectáculos multitudinarios: la temporada de ópera va con el buen tiempo, de junio a septiembre.

Qué mejor forma de ver la Arena de Verona por dentro que yendo a la ópera. Da igual que no te llame la lírica: el envoltorio de piedras milenarias le da su aquel al espectáculo, y el trajín de actores y escenarios dinamiza las tres horas y pico o cuatro de función para que no pese, o pese menos de lo temido.

Hay entradas a precios muy razonables y se puede ir en pantalón corto y con dos bocadillos de chóped liados en papel Albal. No muerde la ópera, palabra.

En el escenario, Carmen de Bizet.

Y media docena de fotillos antes de poner en el GPS “Venecia”.

 

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Venecia

De Venecia lo más probable es que te hablen nada más que regular. Lo más probable, también, es que esos que te hablan regular de Venecia no hayan ido tres calles más allá de la plaza de San Marcos, en una visita apresurada a la capital del Véneto.

Esta ciudad no es para darse un garbeo rápido por el centro, es para perderse con gusto por su sindiós de callejuelas y canales hasta que las aguas abiertas te digan que has llegado al borde de la isla. Ahí, de camino a las orillas, encontrarás una Venecia menos repeinada, más auténtica, con desconchones gaditanos y un envejecer de perdedora. Venecia es como esas ancianas que un día fueron señoronas y hoy bajan a comprar el pan en zapatillas de estar en casa y con el abrigo raído. En Venecia siempre tendrás una sensación de extrema fragilidad, del milagro que supone que esta casa y aquel palacete sigan en pie. Venecia y tú, además, sabéis que ya falta menos para su inevitable final, y eso multiplica el encanto.

 

Venecia por la noche es la boca del lobo, apenas está iluminada, y lejos de San Marcos y el Gran Canal casi no te cruzarás con gente. Aprovecha para poner a prueba tu capacidad de orientación por una ciudad negra y vacía, en una madeja de pasadizos y canales donde sólo oirás tus pasos y tu respiración y donde, si acaso, podrás adivinar el reverberar del agua a la luz de un farolillo. Si eres peliculero y te dejas llevar, llegarás a pensar que en la siguiente esquina un tipo embozado en su capa va a intentar apuñalarte con una daga. Estas sensaciones en San Marcos, a la luz del mediodía, no las vas a tener.

 

Atardecer en el Gran Canal

El Gran Canal es la calle principal de Venecia, un Amazonas urbano y refinado al que se asoman palacetes renacentistas, iglesias y muelles para crear una vía acuática de cuento. Como la naturaleza es sabia, la luz naranja del sol agotado se deja caer por allí y entonces dan ganas de sacar la lira y escribirle versos a la vida. Nada más bonito en Venecia que un atardecer en el Gran Canal.

 

Más allá de Venecia: Burano

Si vas a hacer dos o tres noches en Venecia, quizá te merezca la pena ir a Burano, con ‘b’, un pueblecito de canales y casas de colores que puede llegar a estar a unos cuarenta y cinco minutos largos de navegación, según el vaporetto escogido. Luego, con hora u hora y pico tienes de sobra para recorrerlo y fotografiarlo de punta a punta.

 

El campanile de San Giorgio Maggiore

En Venecia hay dos campanarios para subirse a hacer la  foto: uno en San Marcos, frente a la basílica, con una cola disuasoria de turistas, y otro en la orilla de enfrente, en la isla de San Giorgio Maggiore, sin colas (sin gente, de hecho) y con estas vistas:

 

Pero tampoco hace falta subir torres ni rebuscar ángulos y perspectivas para disfrutar una panorámica de postal. Mires donde mires, Venecia toda es una foto de catálogo de viajes.

 

Sugerencias y enlaces de interés

  • Alojarse en la misma Venecia es muy caro y tendrías que dejar el coche en un aparcamiento de pago, a la entrada de la ciudad. Lo mejor es que busques acomodo en Mestre o Marghera y desde ahí vayas a la isla en autobús: es rápido y con una frecuencia de paso más que aceptable.
  • Hínchate a montar en los vaporettos, el transporte público de Venecia: qué mejor manera de recorrer sus principales canales que navegando. Aquí te explican cómo funciona. Y hablando de precios, también puedes darte un paseo en góndola: allá tú con tu dinero. En total, tienes 5 formas de moverte por la ciudad de los canales.
  • Si no te sobra el tiempo, sacrifica las visitas de interiores y dedícate a patear calles y a navegar en los vaporettos.

 

 

Florencia

Que a Stendhal la belleza renacentista de Florencia le provocara mareos, palpitaciones y malestares varios es una más que digna tarjeta de presentación para la ciudad de Dante, del David de Miguel Ángel, de los Médici y de Brunelleschi, tan perfecta ella y tan onmipresente en el examen de Selectividad de Historia del Arte que dan ganas de cogerle manía.

 

El David de Miguel Ángel, centinela de Florencia

Tres Davides, tres, vas a ver en Florencia: el que descascaró del mármol el mismísimo Miguel Ángel, y que llena la Academia todos los días, y dos copias más a tamaño natural: una en la plaza de la Señoría (primer emplazamiento de la escultura original) y otra en la plaza de Miguel Ángel, desde donde, por cierto, tienes una puesta de sol de película, con la ciudad entera a tus pies.

 

Las colas que se forman para entrar en la Academia, muy cerca de la catedral de Santa María del Fiore, son directamente proporcionales a la fama del homicida nudista de mármol.

Esas venas de la mano derecha… Puto genio, Miguel Ángel.

 

La catedral: Santa María del Fiore

Permíteme el spoiler: te irás acercando a la catedral en un callejeo sabroso, distraído en las dimensiones de la cúpula que rebosa por encima de todos los tejados y que cada vez se te echa más encima, cuando de repente tuerces en una esquina y ¡zas!, cómo fue, de dónde salió esa fachada de mármoles de colores, tan repollo con lazo y tan armónica al mismo tiempo. Yo también estaba harto de ver aquella estampa en fotos, pero el cara a cara superó todas las expectativas.

La magia está ahí fuera, dale unas cuantas vueltas al edificio y al baptisterio, pégate al campanile y mira hacia arriba, busca referencias para intentar hacerte una idea de las dimensiones de la cúpula, maréate a lo Stendhal…, y perdona la visita al interior del templo, sencillo y ramplón, nada que ver con su carcasa.

 

Florencia desde la cúpula de Brunelleschi

Hoy sería una proeza construir un duomo como el de Santa María del Fiore. Levantarla hace casi seiscientos años, como hizo Brunelleschi, un milagro.

Subir al prodigio arquitectónico para contemplar la ciudad como si fuera una maqueta exige un esfuerzo físico grande, y más si es verano: primero aguantar una cola que puede llegar a las dos horas, con el sol diciendo hola desde la blancura del cielo, y después escaleras, escaleras y más escaleras que se empinan y se retuercen y que agobian y que parece que nunca terminan. Joder con la cúpula de Brunelleschi cuando uno le ve la corteza por dentro. Pero al esfuerzo le aguarda una recompensa inmediata. Qué vistas. Y qué miedo.

Qué vértigo y qué sensación tan, cómo decir, de fragilidad, de sentirte poca cosa ahí arriba.

Y qué bonitos los tejados de Florencia.

 

La plaza de la Señoría

Un caos de belleza es la plaza della Signoria, con su museo escultórico al aire libre, al abrigo del Palacio Viejo (Palazzo Vecchio) y de su torre di Arnolfo, de la logia y otros edificios renacentistas. ¡Cómo no se le iban a poner las tripas del revés a Stendhal!

Junto al Palacio Viejo, detrás de la logia, está la Galería Uffizi con su abrumadora colección de arte, que, como pasa en todos los grandes museos, no se disfruta por abrumadora y porque después de un día en Florencia uno ya no sabe cómo bajarse los niveles de arte en sangre. Y parecían exageradas las fatiguitas de Stendhal.

 

Más Florencia

En tu huida de la belleza y del arte, en tu búsqueda desesperada de un polígono industrial que te salve la vida, todavía te toparás con la Basílica de la Santa Cruz o con la rivera del río Arno y con su puente Viejo o con cualquier calle de almohadillado renacentista, irritantemente perfecta y armónica, y en uno de los escasos momentos de lucidez que te va a conceder la ciudad, pensarás si en todo ese malestar stendalhiano no tendrá también algo que ver el sol de agosto, que en la bella Florencia pega tan duro como en un secarral manchego.

 

Sugerencias

  • En Florencia hay mucho turismo indoors que practicar. Planifica bien tus actividades y reserva desde España todas las visitas que puedas, especialmente las de la Academia y la Galería Ufizzi. Una cola te puede arruinar una mañana o una tarde enteras.
  • Si no te mata el arte que cuelga de las paredes, si eres un recorrepasillos de los museos, considera ahorrarte la visita a la Galería Ufizzi, cara y exigente en tiempo.

 

 

Siena

Florencia y Siena son algo así como el Real Madrid y el Atleti: vecina rica y guapa la primera, un punto repipi con su olor a Channel y su música de violines, ninoní, y vecina pobre Siena, macarra y bulliciosa, excitada y oliendo a sudor de Palio, una ciudad que se enroca en su inquietante trazado medieval de subidas y bajadas y callejones, lejos del dibujo plano y armonioso de la vecina perfecta. Por eso el sabor que tiene Siena no lo tiene Florencia.

 

La catedral del Siena

Por mantener la tensión de las comparaciones odiosas, miremos la catedral de Siena con los mismos ojos que hace apenas un día o dos miraron Santa María del Fiore. En el mismo aire, la catedral de Florencia es incomparablemente más bonita… por fuera. Quién diría que vestir de cebra un templo religioso pudiera dar un resultado tan chulo. Hay que entrar a ver la catedral, esta sí.

 

La Plaza del Campo

Con la Plaza del Campo pasa como con la ya célebre catedral de Florencia: que el forastero va callejeando por ahí, aturistado perdido, feliz y fotero, y de repente se abre un espacio inmenso que provoca un “¡Hos-tias!” de separar mucho las sílabas y que tiene al turista diez minutos clavado en el sitio, rotando sobre su eje, intentando recuperarse de la impresión.

 

El Palio

Siena en días de Palio es Sevilla en Semana Santa.

El Palio es una carrera de caballos que se celebra en la Plaza del Campo y en la que toman parte los diferentes barrios de la ciudad. Dura apenas un minuto y medio y tiene lugar dos veces al año (2 de julio y 16 de agosto), aunque va mucho más allá del recinto donde se celebra y de sus aproximadamente 90 segundos de galope desbocado: la ciudad entera es puro Palio ya varios días antes de la carrera. Cada barrio marca territorio con sus banderas, hay comilonas del tamaño de una boda en las calles, frente a las iglesias o en las plazas, desfiles, ceremonias religiosas en las que participan los propios caballos… Qué fervor.

Días antes de las carreras hay entrenamientos y, digamos, ensayos generales. Las fotos que podéis ver a continuación pertenecen al último ensayo general de un Palio de agosto: sí, también para estos simulacros de competición la plaza revienta por las costuras con decenas de miles de espectadores. Los asientos del graderío se pagan (carísimos) y el territorio del centro de la plaza, gratuito, se defiende con una espera numantina de varias horas.

Para que lo veáis en movimiento, un vídeo del Palio de julio de 2008:

Rodeando a una ciudad en combustión aguardan su visita los campos soñolientos de la Toscana. Se agradecerá un poco de paz.

 

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Toscana Italia

Para que cundan tiempo y gasolina, buscamos las profundidades de la Toscana ya en el trayecto Florencia-Siena: antes de llegar a la ciudad de Santa Catalina habremos retratado con la cámara de fotos Strada, Greve, Panzano y Castellina. En jornadas posteriores, con el cuartel general establecido en Siena, salimos con el Fiat Panda en turno de mañana para culebrear por los parajes toscanos y sus pueblitos bucólicos. Algunos nombres: Pienza, San Quirico D’orcia, Bagno Vignoni, Monticchiello, Montepulciano.

El paisaje toscano recuerda a la Mancha (poca agua, viñas y rulos de paja), con el añadido de las ondulaciones del terreno y de los cipreses, que con su vertical afilada rompen muy oportunamente la monotonía horizontal. Es un paisaje, perdón por la pedantería, blando y armónico, pastoril, minimalista a veces. La gente con mundo interior se lo debe de pasar muy bien aquí.

Los pueblos toscanos son de un bucólico turístico, esto es, piedras medievales, geranios, el cantar de los pajaritos, imanes para el frigo y máquinas de refrescos. No exigen más tiempo que el que lleva un paseo de los de estirar las piernas, así que en una mañana te puedes ventilar cuatro o cinco.

Terminan aburriendo tanto ciprés, tanta viña y tanto pueblo bucólico turístico, lo que no quiere decir que no sean bonitos (paisaje y pueblos), muy bonitos.

Y de camino a Pisa, una parada en Mordor: San Gimignano, el pueblo de las no sé cuántas torres.

San Gimignano, Italia: el pueblo de las torres

 

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Pisa Italia

Con los festines de Venecia, Florencia y Siena todavía picando en las encías, Pisa, para qué engañarse, sabe a poco. La plaza dei Miracoli o de los Milagros, tan verde y tan blanca, con el icono universal de su torre inclinada, se queda en estampa resultona, agotada ya la capacidad de deslumbramiento tras la paliza renacentista de los días previos.

Se agradece el verde de la pradera para perrear un rato, mientras se contempla el conjunto arquitectónico del derecho y del revés, tumbado hacia el norte y tumbado hacia el sur. Pero antes del descanso del guerrero se impone la obligación del tonturista, que en esta plaza consiste en hacerse la foto sujetando la torre inclinada. Las escenas entrañables de novios enfadados en idiomas varios por la imprecisión del modelo o del fotógrafo a la hora de cuadrar las perspectivas son ya parte del encanto de este escenario.

Fuera de esa burbuja verdiblanca que es la plaza de los Milagros, Pisa late con pulso universitario (se nota incluso en agosto) y luce malasañera. Y entre calles jipis y alguna plazuela pintoresca, uno se ha recorrido en un rato la ciudad de punta a punta.

En este viaje Pisa es poco más que el sitio donde vinimos a dejar el coche y a coger el tren hacia Roma. Que Galileo nos perdone.

 

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Roma

Roma es un dolor de cabeza antes del viaje. Hay tanto, tantísimo que ver que ¿por dónde empezar, cómo afilar tiempos y distancias, qué descartar? No se acaban los museos, ni las plazas, ni las iglesias ni los restos del imperio. El trabajo previo desde España con las guías, los blogs y Google Maps es frustrante. Cuando el tren sale de Pisa hacia Termini, lo único seguro es que hay que reservar un día entero para el Vaticano.

El turista quiere ver, claro, el Foro y el Coliseo, las basílicas mayores, los Museos Capitolinos, el Moisés de Miguel Ángel en la iglesia de San Pietro in Vincoli, El éxtasis de Santa Teresa de Bernini en Santa María de la Victoria, la plaza de España, la plaza Navona, el monumento a Víctor Manuel, Santa Cecilia, la plaza del Campo dei Fiori, la fontana de Trevi, el Panteón, qué más, qué más, husmear por Vía Veneto, contemplar el caravaggio de Santa María del Pópolo, bajar a alguna catacumba, San Calixto, a poder ser, comer una pizza en Baffetto, echar una tarde en el Trastévere, asomarse por lo alto del castillo de Sant’Angelo…

Luego Roma se va descubriendo a empellones, con aciertos y con errores: un atracón de arqueología, un atracón de iglesias, cuatro horas viendo bustos de emperadores, una caminata infame, ¡anda, el monumento a Víctor Manuel! El caos forma parte de esta ciudad, y también de la visita. Los tropiezos más o menos casuales con las atracciones deseadas son constantes.

 

Roma ruinosa: las piedras del Foro y del Palatino

El temblor, la conexión emocional con las piedras bimilenarias hay que buscarla en el interior de uno mismo. El visitante que pone de su parte y le echa el barniz de los 2000 años de historia a las ruinas del Foro se emociona y lo saborea. El que no, solo verá jirones de construcciones que, según el ángulo desde que se observen, regalarán una estampa más o menos estética.

Quizá la vista más agradecida del Foro esté en el mirador de los Museos Capitolinos: la perspectiva es difícilmente mejorable. A pie de ruina, arrastrando los pies entre hierbatos y mondas de glorias pasadas, y con el sol romano percutiendo en las sienes, las piedras se ven más piedras. Como ya quedó escrito, esto funciona con lo que cada uno quiera poner de su parte.

En el Palatino el turista tiene que poner alrededor de un 95% de imaginación y entusiasmo para que esa inmensa pradera verde cuente algo.

En contraste con estos pocos huesos quebrados de lo que un día fue la urbanidad más refinada de la Roma Antigua, el Panteón de Agripa luce insultantemente nuevo.

Panteón de Agripa

 

El Coliseo de Roma

El célebre hachazo en la arquería exterior del Coliseo sea quizá la principal imagen de marca de Roma. Qué sabios son a veces los edificios, que saben por dónde tienen que romperse. Precioso.

Por dentro, el Coliseo tiene aire de madriguera al descubierto, con la tapa de la arena levantada, enseñando tripas de pasadizos por donde bestias y gladiadores iban a la consumación de su destino.

Muchas escenas de pelis de romanos en la cabeza y un pensamiento tonto que zumbaba todo el rato en los sesos reblandecidos por el sol: ¡que estos tíos construyeron el Camp Nou dos mil años antes que nosotros!

 

Roma devota: basílicas, iglesias, catacumbas, reliquias

Las iglesias en Roma son lo que McDonald’s a Madrid: siempre una a la vuelta de la esquina. Y qué iglesias. No iglesias de compromiso, de las de cubrir el cupo para no dejar desamparado de espiritualidad al barrio, no: la iglesia que no tiene un caravaggio tiene un miguelángel, y la que no un bernini. Las iglesias romanas custodian, además, cosas como las cadenas de San Pedro, las huellas en mármol de los pies de Cristo, la escalera por donde Cristo subió a escuchar la condena a la cruz y, en fin, un increíble catálogo del atrezo bíblico.

Ante lo inabarcable de la oferta turística religiosa romana, quizá sea buena idea priorizar en las tres basílicas mayores (San Juan de Letrán, Santa María la Mayor y San Pablo Extramuros) y San Pietro in Vincoli para admirar el Moisés de Miguel Ángel.

Lejos de la majestuosidad y la riqueza de los templos religiosos, y lejos también del cogollo de la ciudad, vía Apia adelante, están las catacumbas de San Calixto con toda su fascinante historia bajo tierra. Tan imprescindibles como el Moisés o las basílicas mayores.

 

El Vaticano

Da igual que sea el recinto más sagrado del mundo o algo así: ya debajo de la columnata del pórtico se escapa el manido “¡Hos-tias!” de sílabas separadas. Pero ¿y estas alturas, estas anchuras, dónde estaban? Ahora caes: si desde lejos, desde la vía Conciliazione y desde la columnata de Bernini no parecía tan grande la basílica de San Pedro era precisamente por eso, porque se veía desde lejos. Engaña la fachada, más palacio que iglesia, escondiendo en su aire chaparro un tonelaje de espacio a lo largo, a lo alto y a lo ancho.

San Pedro anula la capacidad de medir y comparar en dimensiones estándares, como cuando se habla de los kilómetros que hay de Madrid a Marte y la cifra, a pesar de llevar tanta tinta, no dice nada ni nadie es capaz de hacerse una idea de lo que eso supone. En la basílica vaticana el visitante está apaleado por unos espacios colosales que no llega a poner en valor porque rebosan el medidor. Los guías vaticanos intentan embridar los cerebritos descarriados con comparaciones como la que dice que cada letra de la inscripción que recorre la base de la cúpula (“Tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi iglesia”) mide 2 metros, o piden al turista que se fije en los medallones de la base de la cúpula, cuatro, uno por evangelista, y entonces: “La pluma de San Marcos tiene el tamaño de una persona”. Da igual; el razonamiento espacial del turista cayó por KO nada más poner un pie en el pórtico y ahí sigue, con la meninge hinchada.

 

Los Museos Vaticanos

Los Museos Vaticanos son una rocambolesca amalgama de espacios y tesoros artísticos de todo tipo: esculturas, pinturas, piezas de la Roma imperial, objetos de lujo porque sí, frescos de Rafael, galerías kilométricas con el punto de fuga en el infinito, porcelanas, mosaicos, sarcófagos, mapas, mil cosas. Y la joya de la corona como final de la (extenuante) visita: la Capilla Sixtina con los frescos de Miguel Ángel.

Ay, la Capilla Sixtina y su marabunta de suburbano a las ocho de la mañana, los guardias de seguridad azuzando a la gente, Presto, presto, No foto, no foto, y la gente foto y no presto y los frescos bien, allí arriba, a salvo de la multitud. Pasar por allí y decir que has estado. Tampoco sería justo que fueran a abrir la Capilla Sixtina para ti solo.

Después de horas de condensación artística y humana (y menos mal que la gente en general se lava), habiendo pasado los ojos por el Laocoonte, por La escuela de Atenas  de Rafael, por el menaje palaciego de Nerón y por unos mapas enormes pintados al fresco, habiendo cruzado las estancias de los Borgia y decenas de habitáculos sin relación aparente los unos con los otros, el turista abandona los Museos Vaticanos aturdido y confuso, rendido ante el exceso, sin herramientas para calibrar lo visto ni valorarlo, ni siquiera decidir si le ha gustado o no lo que acaba de ver.

El Vaticano en general es difícil de entender.

 

Sugerencias y enlaces de interés

 

Fiumicino-Barajas

Las maletas están llenas de ropa sucia y las tarjetas de memoria llenas de fotos. Mira, Verona. ¿Te acordabas de que habíamos estado en Verona? Qué buena esta, en la cúpula de Santa María del Fiore. Es verdad, qué vistas.

Como los tuits se entierran unos a otros, las atracciones turísticas se machacan entre sí, se apagan el regusto y el brillo las unas a las otras. Es verdad, habíamos estado en Verona. Cómo acordarse de Verona después de Venecia, Florencia o el Vaticano. En qué queda la catedral de Siena después de San Pedro. ¿El Gran Canal o el ambiente de la plaza del Campo a minutos del Palio? ¿La ópera en la Arena de Verona o los ratos de carretera por la Toscana? Y Como, que todo había empezado en en lago de Como. Parece que nunca hubiéramos estado allí y solo hace dos semanas.

Es cruel esta ruta por el norte de Italia que se devora ella misma conforme avanza. 

También es cruel bajarse del avión y enfilar hacia la Avenida de América mirando por la ventanilla del coche, después de todo lo visto. Es como la escena aquella del regreso de la familia a Madrid de Un franco, 14 pesetas, con el niño mirando por el cristal trasero del coche. Es igual.

 

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7 comentarios en “Turismo en Italia: una ruta por la mitad norte

  1. Yo hice ruta por la Toscana el verano pasado y San Gimignano me pareció un lugar de cuento, además podemos disfrutar de la heladería premiada por tener el mejor helado del mundo.Tengo pendiente la visita a la costa.Muy buena la información del post!

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    1. Ay, si llego a saber lo de la heladería…

      San Gimignano me intimidó, es decir, también me pareció de cuento, pero de cuento de dragones y mazmorras. Quizá las nubes ayudaron a que lo percibiera de esa forma.

      Me alegra que te haya gustado el post. Ojalá y te anime a volver a Italia, a esa visita a la costa que tienes pendiente.

      ¡Saludos, Lilibeth!

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  2. ¡Isra me quito el sombrero con cada uno de tus posts! He estado en muchos de los sitios que describes, me parece que has dado en el clavo con la esencia de cada uno de ellos. Leyendo tu post me dan ganas de volver ahora mismo… ¡Me lo guardo para tenerlo de referencia en mis viajes a Italia!

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  3. He visto en mi biblioteca guías de viaje con menos fotos y páginas, pero seguramente no tan entretenidas y útiles. La verdad es que viajar es un placer y si encima te ponen los dientes largos, pues más. Un recorrido de lo más apetecible. Un saludo.

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    1. Somos animales prácticos y preparamos los viajes con guías, cosa que está bien. Pero un viaje lo que merece es un bagaje de lecturas previo de ficción y ensayo: el encanto se multiplica por mil. Pisar Roma con las ‘Memorias de Adriano’ en la cabeza, por ejemplo.

      ¡Saludos!

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