Remedios Amaya bajo el neón de Clamores

Remedios Amaya en la sala Clamores

Franqueada la última puerta de Clamores, la que da paso a la sala, la peña se acerca a un señor que trajina con una cajita de hierro y apoquina el billete. Dos metros más allá, un acomodador de chaleco de lana y pajarita repasa la libreta llena de nombres y tachones y de vez en cuando canta ¡eureka! y hace otro tachón, y desaparece entonces en la penumbra de la sala con los nombres tachados y vuelve al momento, solo, los fardos de la ida descargados, repítase la operación varias veces, hasta que nos toca a nosotros, y por mucho que mira y remira el pajarita no aparecen nuestros nombres en la libreta, hasta que se desface el entuerto: es que si venís acreditados no tenéis asiento, que eso es solo para los que pasan por la caja de hierro. No me jodas que de pie derecho a la marabunta del bar.

Tiesos como varas, sin poder siquiera acodarnos en la barra, Germán pidió dos tercios de Mahou para que el rato de estar mirando el neón de CLAMORES JAZZ en lo alto del escenario se nos hiciera más fresquito. Dos tercios, diez euros: repetida la operación dos veces más, se puede decir que terminamos pagándonos la entrada (y meándonos). Germán es mi amigo más flamenco y bohemio, y heredero de Chalaúra.com si su hermano Pablo muriera sin descendencia.

Y en esto que se apagaron las pocas luces que balizaban el zulo y apareció Remedios Amaya con un vestido de luto y de mucha tela, muy gitano, que absorbía toda la luz infernal del neón CLAMORES JAZZ, y también asomó Juan Requena, que se agazapó en el rincón con su guitarra, y apenas había soltado la voz Remedios Amaya ya estábamos Germán y yo intercambiando palabras malsonantes para expresar nuestro entusiasmo por aquella voz tan buena para el flamenco que salía a veinte metros de nosotros en línea recta.

Remató el primer cante la Amaya y pidió perdón preventivo por si se le escapaba a lo largo del recital “algún gallillo”, dijo “gallillo”, porque, se excusó, andaba regular de algo de lo suyo, no sé si el pecho o la garganta. Una de dos: o se estaba colocando la artista una red debajo, por si las musas no le fueran a sujetar el equilibro, o cómo será la cosa cuando las tuberías de respirar las tenga como los chorros del oro.

Entraron entonces al escenario dos palmeros en edad de la sabiduría, Enrique Pantoja y una señora enjuta, con más aire de señora del barrio de Salamanca que de palmera flamenca, y la Amaya se marcó un cante largo por un palo que no recuerdo, ya arropada por las palmas, y de repente todos padentro a descansar, o a repostar. Llevaríamos quince minutos mal contados de espectáculo y nos íbamos a comer ya un parón de duración similar. La gente honrada que había pasado por la caja de hierro se había dejado 22 euros por una silla en el zulo, 18 en venta anticipada, pero si no llega a salir otra vez la Amaya a ponerse bajo la luz infernal del neón CLAMORES JAZZ tampoco creo que hubiera pasado nada, porque ya la habíamos escuchado un cuartito de hora, y aquel ratillo, a la cuenta la vieja, ya valía los 18 o los 22 euros.

No ponerse nerviosos que cantaora, guitarrista y palmeros volvieron al turrón, descansados o repostados, y la Amaya nos dio fiesta por tangos y por bulerías. Cogía la Amaya el tango y la bulería y hacía kilómetros con ellos, doce, quince, veinte minutos cada viaje, lo menos, viniendo y yéndose del micro según le saliera de su libertad gitana, ahora un poquito de cante sonando (a gloria) por los altavoces, ahora otro poquito de cante nada más que dicho por el aire, los de la barra acordándonos de los muertos de los que estaban sentados a tres cuartas del escenario, que si desde aquí daba calambre la voz a pelo de la Amaya, qué sacudidas no se sentirían allí, tan encima, y la Amaya haciendo kilómetros con los tangos y las bulerías, picoteando letras del uno y del otro, qué más daba, para encajarlas en aquel no parar de fiesta flamenca, ahora te lo soplo por el micro, ahora te lo canto a pelo, “Que me perdonéis pero estoy de aquí y a veces me falta y no llego”, otra vez, echándose la mano al pecho. Pues cómo coño será cuando las tuberías de respirar brillen como los chorros del oro, Germán.

Y a la voz de la jefa le puso su no sé qué el palmero Enrique Pantoja con sus jaleos y sus gestos, que las palmas eran lo de menos. Enrique Pantoja es un Chiquito de la Calzada en gigante o un Gerard Depardieu flamenco, jerezano, para más señas, que más que “Ole” dice “Ale”, haciendo una pausa entre la primera y la segunda sílaba y estirando la ‘e’, tal que así, “A-léeeeeee”, y que mientras toca las palmas y jalea mira a su cantaora como si estuviera asomándose por el ojo de una cerradura, toda la chepa echada palante y el gesto guiñao a lo Fary, pura gracia en el sentido más artístico de la palabra, el del sabor y la sal, que su gracia, que provocaba carcajadas como si estuviéramos en el Club de la Comedia y que incluso obligó a amagar una estrofa a la Amaya, incontenible su risa, que su gracia, decía, es de arte y no de payaso ni de humorista, aunque se nos saltaran las lágrimas de reírnos. Remedios Amaya soltando candela, el micro abandonado, y Pantoja jaleando por lo bajini, este sí pegado al micro, qué cosa, que remataba la Amaya una estrofa y Pantoja soltaba un “¡Quietos!” de atracar bancos o acompañaba el toque de la guitarra con un “Berebereberebereberebere” ametrallado para partirse la camisa si no estuviera la cosa así de mal.

Y voló aquello en hora y media escasa, descanso incluido, y no nos dimos cuenta ni en los pies de que estuvimos tiesos como varas, sin poder acodarnos un segundo en la barra, y al ir a mear los tercios de Mahou nos encontramos en el pasillo con el palmero Pantoja, sudoroso y dando buchitos a un vaso de agua densa, y en esa distancia poco higiénica del pasillo de los váteres, donde se distinguen los poros de la cara, el que hacía un momento se me hacía un Chiquito gigante o un Depardieu flamenco se daba ahora un aire de contable de los que apuntan los números en el libro de asientos y no en el Excel; lo que cambia la percepción de las cosas en veinte metros.

No queríamos echarnos nada más a la boca para que no se nos fuera el regusto de la voz de Remedios Ayama, así que Germán y un servidor declinamos la oportunidad de disfrutar la coda de Joaquín de Sola, programada para las 0:45, y enfilamos la escalera de la catacumba para salir a la superficie de Chamberí, por donde nos fuimos rumiando estas cosas camino de Malasaña.

Luego Germán lo rumió así por escrito.

SALA CLAMORES, MADRID. 11 DE ABRIL

Remedios Amaya / Guitarra: Juan Requena

Ciclo ‘Flamenco a chorro’

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